lunes, 15 de marzo de 2010

Crónica del maestro

Viajé a Cocochonal en unas cuantas horas
Cuando conocí a Víctor Anaya Cuadros me pareció que era un hombre demasiado corriente para ser profesor. Aquel señor tenía la voz más aguda que jamás haya escuchado, estaba mal vestido, a leguas se notaba que no tenía esposa. El día que Nohemí me lo presentó acababa de llegar a Bucaramanga y no tuvo tiempo de afeitarse ni cortarse el pelo, recuerdo perfectamente que traía puesta una sudadera negra, una camisa morada de cuello y debajo una camisetilla verde fosforescente, unas botas Brahma no sé de que color, la verdad estaba tan mal presentado que como ya dije no me parecía que fuera un maestro. Entrada la noche nos invitó a tomar chela -como dijo- y decidimos acompañarlo, aquel personaje tan pintoresco tendría algo interesante que contar.

- ¿Así que usted es profesor? – pregunté-
- Sí, profe de ciencias naturales en Landázuri. - me dijo con aire de alegría-
- Landázuri ¿y eso dónde queda?

En ese preciso momento comenzó nuestro viaje imaginario hacia una tierra desconocida por mí y creo que por muchas personas. Pero antes Víctor nos habló de su vida. Realmente, no era profesor cuando inició, simplemente entró a la academia porque había salido de un instituto técnico agropecuario en Málaga y como su primo era el alcalde de esa región le colaboró para que entrara a trabajar como educador cuando cumplió 24 años. La primera institución en donde comenzó a trabajar se llamaba escuela Miralindo y estaba ubicada en Landázuri, Magdalena Medio. Víctor siempre ha trabajado como profesor de primaria y en la zona rural.

- Es que p’al campo pagan mejor. - dijo Víctor -

Cuando este hombre se dio cuenta que para permanecer en su puesto como profesor debía tener méritos, comenzó a estudiar en la sede UIS de Pamplona, licenciatura en español y literatura, pues sabía que su padrino no iba a durar el resto de la vida en la alcaldía.

- Eso de la palanca es bueno, abre muchas puertas, pero uno tiene que estar pilas, porque si no le bajan el puestico.

Así, siguió con su carrera, hasta llegar a un determinado momento en donde le informaron que el había salido de un instituto agropecuario y no podía terminar con la licenciatura en español, entonces, le sugirieron que estudiara ciencias naturales. Después, de hacer las averiguaciones pertinentes terminó homologando las materias y comenzó la nueva carrera.

- La verdad no me pareció tan grave, no tenía ningún afán, no tengo hijos ni esposa, sólo a mi papá de setenta años y a mi mamá de sesenta y uno, pero los viejitos tienen su tierrita y de ahí sacan lo necesario. Yo les ayudo a veces y ellos me agradecen.

Víctor tiene 38 años y ha pasado por varios institutos rurales. Pero el que más le ha gustado es donde trabaja actualmente.

- La escuela Cocochonal es muy bonita y está bien ubicada tiene sus defectos como todo pero he estado en sitios peores.

Él nos habló de muchas cosas pero lo más interesante fue Cocochonal y la travesía de llegar hasta allá.

- ¿Cómo? ¿Existe un sitio con ese nombre? -Exclamé casi sin darme cuenta.-

- Sí, claro. La escuela Cocochonal está ubicada en Landázuri, allá en el Magdalena Medio, es una escuelita rural como todas en donde he trabajado. De allá hasta el pueblo uno gasta una hora a pata porque el único transporte son las motos de los vecinos pero raramente salen, entonces, uno tiene que caminar y aguantar sequía por que no se ve ni un alma por la trocha. Después de llegar a Landázuri uno puede tomar una flota para Barbosa que está a cuatro horas aproximadamente.

- ¿Y a usted le gusta trabajar allá tan lejos de la civilización?

- La verdad ya me acostumbré, lo único que uno tiene que hacer es no abrir la boca, yo voy a dictar ciencias naturales y punto. Eso sí, todos los pelaos tienen que pasar porque eso es zona roja y uno no se puede poner con pendejadas, ganarse que lo maten pingamente por rajar a los chinos. La verdad no hay mucho que hacer, los niños van obligaos y… (El silencio de Víctor fue muy revelador, además, lo acompañó un gesto de tristeza, tal vez, o melancolía yo no quise preguntar, aunque confieso que me moría de curiosidad). Pues, yo trabajo medio tiempo de siete a doce, pero me pagan las dos jornadas por lo peligroso de la zona, como ya dije.

- Difícil la situación ¿verdad?
- Claro mija, como ya les dije uno no se puede poner con maricadas. Se gana bueno, cerquita de 2 millones libres, además de la platica, nos dan algunos beneficios para vivienda, yo no he querido construir porque no tengo mujer, pero si Nohemí me acepta me la llevo (risas). Nos dan una póliza de vida, y si que hace falta, allá uno sabe cuando llega pero no cuando sale; y el seguro médico que es lo más importante porque la mayoría de veces uno vive enfermo de leishmaniosis por el pito y el tratamiento es caro. Imagínese, la primera vez que me picó ese bicho me aplicaron ochenta vacunas, eso es según el peso del paciente, ya me ha picado en otras ocasiones y por eso me la paso en Bucaramanga porque los tratamientos son acá, a uno lo mandan a Vélez sólo por urgencias. Por eso es que muchos profesores vienen se quedan un par de meses y luego se van. Hace dos años nos daban un bono de dotación y uno podía reclamar ropa para toda la familia, esposa e hijos, y la propia, pero lo quitaron quien sabe por qué.

Luego de unas cuantas cervezas Víctor nos contó más historias sobre la travesía que debía hacer para llegar hasta la escuelita Cocochonal. Primero que todo nos dijo que en su maleta de viaje no podía faltar un par de botas porque para llegar tenía que pasar por un río y no había puente. También nos contó que han pasado varias solicitudes para pedir colaboración porque no hay carretera y es muy peligrosa la zona, debido a la erosión se ven sumergidos en deslizamientos.

Víctor dicta clases de ciencias naturales a niños de primero a quinto y la institución está conformada por veinte estudiantes en total. Cocochonal a pesar de estar en una zona tan alejada está bien organizada tiene comedores estudiantiles y salón comunal, según nos lo dio a entender nuestro amigo.

Cuando pude notarlo eran las diez de la noche y pudimos recorrer caminos rurales que nadie conoce y hablar con un hombre pintoresco sin mucha preparación en el campo educativo, pero es de los pocos que se atreve a asumir el riesgo de trabajar como profesor en sitios tan inhóspitos como la escuelita Cocochonal. No puedo decir que se trate de un héroe educativo, pues en sus palabras pude notar bastante ignorancia, pero si es un ejemplo de vida teniendo en cuenta la situación laboral de los colombianos, es mejor afrontar una epidemia de leishmaniosis que estar desempleado.

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