jueves, 11 de marzo de 2010

Los zapatos


Dicen los abuelos que los niños siempre nacen con un pan debajo del brazo. Personalmente, me gustaría que nacieran calzando un par de cómodos zapatos. Primero, para que quiere un bebé un pan si no tiene dientes y aquella masa se pegaría en su paladar, además, él ya está dotado de la alimentación que emana de los protuberantes pechos de su madre. Por el contrario, un par de zapatos cubrirían sus débiles pies del frío inclemente que se debe sentir con el cambio de “hábitat, evitaría la picadura de zancudo y que se lastime con los golpes. Sus zapatos estarán adheridos a él como el corazón, el hígado o el páncreas e irán creciendo conforme el niño lo necesite y se convertirán en sus compañeros de juegos y conquistas, serán los encargados de levantarlo para llevarlo hasta el sitio de trabajo, en otras ocasiones estarán al tanto de sus decepciones y de sus alegrías. Los zapatos seguirán presentes en la vejez para ayudar a sostenerlo, como un bastón, y cuando muera ellos seguirán su camino y no faltarán porque nunca se han desprendido de ti.

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