El ángel de la lectura
Soy la hija menor de una familia numerosa y machista. Mis hermanos son sólo dos y mis hermanas cuatro, desafortunadamente desde antes que mi padre falleciera de trombosis, ellos con la colaboración de mi madre tomaron las riendas del hogar, decían que las mujeres sólo servían para estar en la cocina y realizar las labores domesticas, y los machos a la huerta. Aunque ellos tuvieron la oportunidad de ir a la escuela y algunos a la universidad, tenían un pensamiento muy cerrado. Pero mi padre en sus últimos años logró llegar a mí con sus palabras de campesino mal hablado y con poco vocabulario, me decía: –no le haga caso a su mama, uste tiene que ir a la escuela, no se vaya a quedar bruta-. También habló con doña Flor Velasco, le dijo a mamá que yo tenía que ir a la escuela como los demás que no me fuera a meter a la cocina como a las otra “chinas”. Desde pequeña fui la consentida de mi papá, él me sentaba en el comedor y me daba leche y galletas luego, comenzaba la tarde de padre e hija. Era muy entretenido porque él sabía contar las leyendas de espantos que tanto capturan la atención de aquellas personas fanáticas a los cuentos, desde luego yo era una de esas. A las seis de la tarde llegaba don Epaminondas Velasco Galeano después de una jornada pesada en la tierrita que tanto cuidaba para que en el futuro todos viviéramos bien, se bañaba y se dirigía al comedor en donde yo lo esperaba con ansia – tráigame el sombrero bonito garabato- me decía, pero él sabía que yo lo tenía escondido entre las piernas porque no podía perder tiempo en ir a buscarlo. -¿Cómo la trató hoy su mama? - ¿Le pegó?- No, no señor estuvo toda la tarde en la cocina. Y en ese momento comenzaba la avalancha de historias: el tinajo, el paseo con el diablo, la apuesta con Satanás y otras tan interesantes, que no me daba cuenta que había llegado la hora de ir a dormir.Así trascurrió mi vida hasta que llegó la hora de ir a la escuela, desde luego yo nunca tuve un libro en mis manos antes de entrar a estudiar, lo que escuchaba eran las historias que mi padre me contaba. Mi hermana mayor un día nos dijo, a Paola, mi prima, y a mí que debíamos ir a la escuela porque en la casa no ayudábamos a hacer nada y era mejor que nos cuidaran allá. Nos llevó a la tiendita de ropa en donde le fiaban la tela para nuestros vestidos y nos dijo que nos iban a hacer unos trajes bonitos para las dos, pero nosotras fuimos de mala gana porque sabíamos que esos vestidos eran los uniformes que deberíamos usar.La semana siguiente Judith, mi hermana, nos levantó temprano porque ya había llegado el día de ir a estudiar. Nos arreglamos, pero nunca estuvimos dispuestas, la verdad la vida que llevábamos en la finca era placentera, sólo teníamos que ayudar, en la mañana, a cuidar los animales y hacer los oficios de la casa: barrer, cocinar, lavar, etc. Y luego teníamos toda la tarde para jugar en el monte que era un sitio muy bonito, allí pasábamos la mayor parte del tiempo Paola y yo, siempre estábamos juntas, creo que era porque teníamos la misma edad, ya habíamos hecho una casita con troncos viejos y helecho seco, nos divertíamos mucho recreando las historias que mi papá me contaba, yo siempre se las narraba a mi prima porque a ella le parecía aburrido escuchar a don “pavitas”, como le decía todo el mundo. Pero ese día todo cambiaría, nosotras estábamos acostumbradas a estar en la finca y salíamos poco pues mis padres eran campesinos y no tenían tiempo para llevarnos a pasear. Inocentemente le preguntamos a Judith si ella nos acompañaría todo el día en la escuela ya que no sabíamos cómo era eso de ir a estudiar pero ella no respondió, se dedicó a caminar por la carretera enlodada con un gesto de agresividad, era lógico, había llovido en la noche y todo estaba lleno de charcos, para rematar ella tenía que llevarnos porque estábamos pequeñas y no sabíamos ir solas. Cuando llegamos nos dimos cuenta que había niños llorando no sabíamos la razón pero la descubrimos rápidamente cuando mi hermana nos dijo:- ésta es la escuela entran a las seis y media y salen a las doce y media, a medio día vengo por ustedes, chao- . Inmediatamente comenzó el llanto, cada una se aferró a las piernas de mi hermana y la apretábamos muy fuerte, le suplicamos que no se fuera que nos llevara pero fue inútil nos regaño y luego se fue.Junto con Paola nos sentamos en una esquina a las afueras de la escuela, mi hermana cometió el error de no llevarnos hasta el salón, nos dejó en la puerta; entonces decidimos que no íbamos a entrar, nos quedaríamos escondidas hasta el medio día y cuando vinieran por nosotras saldríamos de la tienda y así lo haríamos para siempre, parecía fácil no le veíamos ningún inconveniente, estábamos decididas a no entrar. Cuando todos los niños ingresaron nosotras salimos de la tienda y comenzamos a husmear, teníamos curiosidad por saber cómo era la estadía en aquel sitio y desde luego no fue agradable lo que vimos. Lo primero que alcanzamos a observar fue a la profesora Beatriz Gonzales, era una bruja, ya sabrán por qué; ella les gritaba y les decía que se formaran porque iban a rezar el rosario, desde ese momento sabíamos que aquel lugar no era para nosotras porque siempre que en la casa rezaban nosotras nos escondíamos, pero mi mamá nos sacaba a chancletazos.Llegó el mediodía y cuando todos los niños comenzaron a salir nosotras decidimos integrarnos a la muchedumbre para que nadie sospechara, pero pasó lo inesperado pues mi hermana llegó, nos saludó y entró a la escuela, le dijimos que teníamos hambre que nos fuéramos pero ello nos dijo que iba a hablar con la profesora porque quería saber cómo nos habíamos portado, ¡que terrible situación! Nos descubrieron y desde luego el día siguiente mi hermana entró a la escuela y nos dejó recomendadas.La profesora Beatriz Gonzales era de tez blanca, su cabello ondulado le caía en los hombros, delgada; pero lo que más sobresalía en ella era ese asqueroso lunar que tenía en el mentón era inmenso y estaba lleno de pelos, con sólo verla me daban ganas de salir corriendo. A Paola le pareció normal dijo que todas las brujas tenían lunares detestables y llenos de pelos. Las clases comenzaron y se tornaron torturantes pues durante toda la mañana teníamos que ver a la misma mujer parada al frente hablando y hablando de muchas cosas al tiempo porque ella era maestra de español, matemática, biología, religión etc., afortunadamente que no era profesora de educación física sino la cosa se hubiera puesto peor.Con las matemáticas tuve muchos problemas porque esta señora quería que aprendiéramos todo de memoria nunca nos enseñó para que servía la suma, la resta, la multiplicación y mucho menos la división. Fue Paola la que me instruía sobre como debían hacerse los cálculos, ella era experta pues siempre se encargada de repartir el dinero que nos daban para la once y había aprendido de su hermano mayor el arte de la estafa en donde yo terminaba siempre perdiendo sin darme cuenta hasta varios años después cuando ella muy burlona se reía y me contaba lo que hacía con la platica de las dos.Recuerdo el día más horrible que pasé en la concentración Jackelinne, fue en el grado tercero, la tarea que nos habían dejado era aprendernos las tablas de multiplicar de memoria pero yo no pude hacerlo y pagué las consecuencias. La profesora Beatriz Gonzales comenzó a preguntar una por una las tablas del dos, del siete, del tres y a mí me tocó la del nueve, desde luego yo no había llegado hasta ese punto, al darse cuenta de que yo no me sabía las tablas me agarró de una oreja y me la rompió con las uñas de gata que tenía, debo aclarar que antes de mi tortura ya había golpeado a todas las niñas del curso, las empujaba, les tiraba el cabello y cuando llegó a mí tenía tanta ira que se encarnizó con mi oreja, fue tanto el trauma que causó esa bestia en mí que no pude usar aretes sino hasta después de llegar a la universidad.Afortunadamente después de ese incidente nos cambiaron de profesora, aunque Beatriz seguía trabajando en el plantel educativo. Fue entonces cuando conocí a Inés Chaparro de Forero, era una anciana de pelo corto y piel blanca parecía un angelito siempre se ponía vestidos de color pastel, lo que más me gustó de ella era su voz tierna y dulce me recordaba tanto a mi papá. También era maestra y nos daba clases de todo pero se le notaba que le encantaba el español pues uno de sus hábitos era la lectura en voz alta, el primer libro que ella nos leyó se llamaba El principito, era diferente porque lo que había hecho la anterior profesora era hacernos repetir los recortes de una cartilla que siempre llevaba, nunca habíamos leído un libro completo. Con la nueva profesora en cada una de las secciones correspondientes a la clase de español ella leía un pedazo del libro y luego le pasaba a otro compañero para que leyera el siguiente párrafo y así sucesivamente hasta antes de terminar la clase pues tomada tal vez quince minutos para hablar sobre las impresiones que había dejado en nosotros las aventuras de aquel niño, era maravilloso porque nunca nos preguntaba de memoria lo que había sucedido ni cuales eran los personajes ella sólo quería escuchar nuestras impresiones.Hoy en día la recuerdo con mucho cariño pues aunque era una anciana no tenía malos hábitos de enseñanza, creo que lo que hacía era de corazón sólo transmitía su gusto por la lectura de una manera muy sabia y espontánea. Si todos los profesores pensaran y actuaran como la profe Inés el proceso educativo sería muy diferente y más productivo.

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